lunes, 8 de noviembre de 2010

El cubo de la basura

Mi cuento de hoy no tiene magia entre lineas, ni fotografía que le ponga algo de color. Es un cuento triste y desnudo cuyo final, si lo tuviese, no sería feliz.

Muchos países tienen pobreza, pero cuando hablamos de pobres siempre visualizamos países lejanos que poco tienen que ver con nuestro mundo civilizado. Pero yo los he visto en las calles de Florencia, con sus caras sucias esperando a la puerta de las iglesias e implorando durante horas una moneda besando el suelo.

Pero gente pidiendo dinero en la calle es algo a lo que bien acostumbrados estamos. Sin embargo, hoy he visto algo a lo que no estoy acostumbrada. Un hombre al lado del supermercado en el que suelo comprar estaba abriendo los cubos de basura, rasgando las bolsas y buscando comida. La cara que normalmente no se ve pero existe. Gente que no tiene que echarse a la boca puede ser vista en los países del primer mundo. Lo siento porque es injusto y porque hay alguien que no está haciendo su trabajo lo suficientemente bien como para, no solo borrar la visión en las calles de mendicidad y de prohibir a los pedigueños tumbarse en la calle, sino de evitar por una vez y por siempre que haya gente hambrienta que rebusque en los cubos de basura.

domingo, 7 de noviembre de 2010

La tienda de Geppetto

He desarrollado una dulce pasión por los cuentos de niños. En especial por todos aquellos que anidan en las tradiciones de los pueblos y por los que han llenado mentes infantiles de fantasías durante generaciones. 

Hoy fui a dar mi primer paseo de placer por la bellisima Florencia y me he dejado llevar por las calles. La magia que tiene hacer eso es que tus ojos están más abiertos y, como no llevas un rumbo fijo, eres libre de pasar allá donde desees sin perturbar ningún plan. Gracias a eso, he visto la tienda de Geppetto, o al menos eso parecía. Tenía infinidad de Pinocchios y de relojes de madera colgados en las paredes con unos colores vivos y unas caras sonrientes. 

Todo el mundo ha crecido con Pinocchio y temido que su nariz crezca por mentir.  Pinocchio nació en las manos de un escritor florentino llamado Carlo Collodi que murió sin conocer la fama que su querida marioneta tendría y del que pocos se acuerdan cuando piensan en Pinocchio. Por eso le dedico esta entrada a Carlo Collodi y a todos los niños a los que les gustan las marionetas.